19 feb. 2011 | Por: Nacho

Días y meses

El tiempo puede medirse en conglomerados más o menos grandes. Generalmente, salvando unidades mínimas como los nanosegundos, las personas usan segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años y algunas unidades superiores (bienio, trienio, lustro, década o decenio, siglo o centuria, milenio, cron...), así como otras intermedias, como trimestre. Especial interés tienen los días y los meses, dados sus nombres; de eso os vengo a hablar hoy:

Como casi todo el mundo sabe, los días de la semana toman su nombre de distintas deidades latinas: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Dominicus (Señor), respectivamente. Los dos últimos destacan notablemente, dado que son los días religiosos por excelencia de las religiones judía y católica: sábado, día de celebración de la sabbath (reposo) judía y domingo, el día en que el Señor creó la luz, metáfora de la entonces futura resurección de Cristo. Hasta nuestros días, los nombres originales han evolucionado etimológicamente; en el caso del sábado, como es obvio, sustituyó al Dies Saturni (día de Saturno), y lo mismo sucedió con el domingo, desapareciendo el Dies Solis (día del Sol).


Con respecto a los meses, tradicionalmente existían diez; por ese motivo, septiembre, octubre, noviembre y diciembre comienzan con las raíces equivalentes a siete, ocho, nueve y diez, respectivamente. El año romano abría con marzo, cuyo nombre proviene del dios bélico Marte; a éste lo seguía abril, cuyo origen etimológico es más complicado: si bien se cree que podría proceder del verbo aperire (abrir), al ser la época en que se abren las flores, también se le ha relacionado con Afrodita. Mayo recibe su nombre de la Bona Dea Maia, cuyo festival se realizaba en este mes, mientras que junio también parece tener múltiples orígenes, siendo lo más probable que proceda de la diosa Juno. Los dos meses restantes serían Quintilis y Sextilis: el primero acabó recibiendo el nombre de julio en honor a Julio César (imagen 1), que cumplía años en ese mismo mes, y el segundo fue renombrado agosto por Octavio Augusto (imagen 2), que, celoso de Julio César, no sólo se limitó a cambiar el nombre del mes, sino que reestructuró el resto de meses para que su mes también tuviera 31 días (antes tenía solo 29), circunstancia que se ha conservado hasta nuestros días para gran sorpresa nuestra. Posteriormente, se añadirían los dos meses iniciales actuales: Ianuarius, el mes de Jano, dios de dos caras que guardaba las puertas, y Februarius, dedicado al festival purificador llamado Februa. De este modo, el resto de meses cambió de posición y los nombres de los cuatro últimos dejaron de tener sentido, como aún sucede en la actualidad.

¡Gracias, Mª Carmen!

FUENTE COMPLEMENTARIA: WIKIPEDIA

Tolerancia

Una palabra preciosa que oímos a diario en esta sociedad, tanto de boca de políticos como de periodistas y otros personajes públicos. Craso error. ¿Por qué? Os lo diré:

Consultando, cómo no, el DRAE, tolerar aparece como sinónimo de aguantar, soportar. Dice la primera acepción "Sufrir, llevar con paciencia" y la segunda "Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente". Si bien la cuarta acepción alude a la tolerancia que todos conocemos mejor, no me parece correcto que se use la misma palabra, dado que nadie exige tolerancia propiamente dicha, sino auténtico respeto. Esperemos que, en la práctica, la tolerancia sea algo más que soportar a los demás, que exista ese respeto que a todo ser humano se le debe.

¡Gracias, Mª Nieves!
17 feb. 2011 | Por: Nacho

Eñe

Indudablemente, la letra más española, pues no existe en ningún otro idioma (aunque esta afirmación no sea del todo cierta, ya que los ingleses usan la palabra jalapeño, por ejemplo). Y su origen, cómo no, se encuentra en la época de dominación romana, cuando toda Hispania fue latinizada:

Entre sus innumerables aportaciones, los italos nos trajeron su fantástica lengua, que incluía diversos grupos consonánticos que evolucionarían hasta nuestra actual eñe (algunos incluso se conservan en algunas lenguas y dialectos hoy en día): –gn (lignum>leño), –mn (autumnum>otoño), –ni (Hispaniam>España)... Pero, sin duda, la agrupación más común era –nn (annus>año). Por ello, con el paso del tiempo, las dos enes se irían escribiendo cada vez más juntas hasta acabar una encima de la otra (para que así no fueran confundidas con una «m»), dando lugar a la ene con virgulilla o, en términos llanos, nuestra eñe.

¡Gracias, Raquel!

FUENTE COMPLEMENTARIA: TSCHICHOLD, J. El abecé de la buena tipografía, Ed. Campgràfic. Alemania, 1960

Estar en la gloria

Magnífica expresión muy usaba aún hoy en día. Y para descubrir su origen hemos de remontarnos a la Antigüedad griega:

En la Antigua Grecia, las casas o domus, a las que se accedía atravesando las fauces (puertas, por similitud), solían tener una sola planta con diversas habitaciones. Una de estas dependencias, obviamente, era la cocina, donde se encontraba un gran brasero que hacía las funciones de horno y caldera: la gloria. Por tanto, en invierno, la mejor habitación del hogar –palabra etimológicamente relacionada con el fuego– era la cocina, y por eso decimos en la actualidad eso de "estar en la gloria".

¡Gracias, Mª Carmen!

Higiene en los siglos XV y XVI

Insalubres condiciones higiénicas las de aquellos tiempos, todos lo sabemos. Pero, ¿hasta qué punto? He recibido un interesantísimo e-mail que habla sobre ello y me he sentido inspirado, así que os contaré algunas de las cosas que ponen y otras de cosecha propia:

En primer lugar, por todos es bien conocido el grito aquel de "¡Agua va!" cuando se echaban a la calle los, por decirlo fino, restos de micciones y defecaciones. De ahí el uso posterior de aquellas capas largas y sombreros de ala ancha en España, que tanto favorecían la criminalidad (y que serían consecuencia del famoso Motín de Esquilache cuando este marqués decretó el acortamiento de las capas y el doblamiento de los sombreros en tricornios). La razón de esto se encuentra en que ni siquiera las más suntuosas viviendas contaban con aseos propiamente dichos (visitad, por ejemplo, el Palacio de Versalles de París, cuyos esplendorosos jardines solían usarse como baños públicos durante las fiestas). Además, no existían cepillos de dientes, desodorantes, perfumes o papel higiénico. Eso sí, los cosméticos no faltaban ni siquiera entre los hombres; de hecho, era una práctica habitual que las mujeres superpusieran varias capas de maquillaje, dado que no siempre tenían ocasión de lavarse la cara.

Los trajes de la época estaban diseñados para contener el olor de las partes íntimas de quienes los llevaban (he ahí el porqué de aquellos vestidos con cancán que solían llevar las mujeres). Los más afortunados, especialmente los de sangre azul –esto es, los que, a consecuencia de no trabajar en el campo, estaban tan pálidos que sus venas parecían azules a través de la piel (algunas damas incluso se sangraban a propósito con fines estéticos)–, contaban con lacayos que les abanicaban para disipar su mal olor y espantar los insectos que pululaban a su alrededor. También por ese motivo se celebraban las bodas en junio, ya que el primer baño del año se tomaba en mayo para ir aguantando todo el verano. De todos modos, las novias solían llevar un ramo de flores para disimular la peste y toda la ceremonia se llenaba igualmente de flores, incluido el carruaje. Como habréis adivinado, de aquí viene el nacimiento de mayo como el mes de las novias y la tradición del ramo de flores.

Los baños eran tomados en una bañera enorme llena de agua caliente. El padre de familia era el primero en tomarlo; luego, los otros hombres de la casa por orden descendente de edad y después las mujeres, también por edad. Finalmente, iban los niños y los bebés.

Por otra parte, los tejados de las casas no tenían bajo tejado y en las vigas de madera se criaba toda suerte de animales y bichos. Cuando llovía, las goteras forzaban a los animales a bajar, lo que daría origen a la expresión anglosajona "Llueven perros y gatos", equivalente a nuestro "Hace un día de perros".

Los más ricos tenían platos de estaño, fácilmente oxidables por ciertos alimentos, como los ácidos tomates, que fueron considerados tóxicos durante mucho tiempo. El mismo proceso de envenenamiento sucedía en los vasos al contacto con el whisky o la cerveza, haciendo a la gente caer en un estado narcolépsico como consecuencia de la combinación de la propia bebida y el estaño. Por ello, no era extraño encontrar gente inconsciente por las calles, ante lo cual ya se iba preparando el entierro. Mientras tanto, el cuerpo se colocaba sobre la mesa de la cocina durante algunos días y las familias comían en su presencia para ver si volvía en sí o no. De esta costumbre surgiría el velatorio que aún hoy se hace junto al cadáver (del latín caro data vermibus, es decir, carne dada a los gusanos).

Los muertos eran enterrados en pequeños y escasos nichos, pues no había suficiente espacio para todos. Por ese motivo, los ataúdes eran abiertos y se retiraban los huesos a un osario para meter un nuevo cadáver. En ocasiones, al abrir los féretros aparecían marcas de uñas en la tapa, lo que obviamente significaba que el cadáver no había sido enterrado tan muerto como se pensaba. Debido a esto, a alguien se le ocurrió la genialidad de atar un hilo a la muñeca del difunto, pasarlo por un agujero del ataúd y conectarlo a una campanilla sobre la tierra. Si el no tan muerto "revivía", tiraba del hilo y era desenterrado, al sonar la campana, por la persona que solía quedarse junto a la tumba durante los primeros días. ¿Adivináis ahora de dónde viene la expresión "salvado por la campana"?

Picadero

Una palabra que todos sabemos a qué se refiere, como por tácito acuerdo o simplemente de oírla en su contexto. Y lo interesante no es su etimología, sino su significado original. ¡Allá vamos!

Originalmente, los picaderos eran las caballerizas o cuadras, es decir, donde se solía dejar a los caballos. Su actual designación como lugar de encuentros amorosos se debe a que, debido a su amplitud e intimidad, solían ser usadas por los mozos para sus relaciones sexuales, al igual que el pajar (y me ahorraré mis reflexiones sobre la coincidencia entre pajar y paja).

¡Gracias, Víctor!