22 ene. 2012 | Por: Nacho

Jet set

Como todos sabemos, la jet set (o sólo jet) es la elite sociocultural y económica de la sociedad. Sin embargo, ¿por qué esta denominación?

Entre 1920 y 1930, la alta sociedad pasó a ser conocida como café society, término ideado por el periodista Lucius Beebe, del NY Herald Tribune, quien había observado la costumbre de esta clase social de reunirse en los cafés y restaurantes más fashion de las capitales mundiales. Esta expresión fue muy popular hasta mediados de siglo, cuando otro periodista, Igor Cassini, del NY Journal American, acuñó el neologismo jet set, que hacía referencia, por una parte, a la capacidad financiera de este sector de la sociedad, capaz de viajar a menudo – a veces incluso a bordo de jets privados o alquilados –, y, por otra parte, al carácter casi estamental de su posición (en inglés, set significa fijo).

Otras formas de nombrar a la clase alta son beautiful people (gente guapa, inventado por la conocida revista de moda Vogue en alusión al círculo de JFK), bright young people (gente joven brillante, lo que hoy en día serían los jóvenes emprendedores) y, por supuesto, gente bien (voz surgida de la supresión del participio que acompañaba a bien, por ejemplo bien vestida, bien hablada, etc.).


FUENTE: WIKIPEDIA

Palomitas

No hay mayor placer tras gastarse ocho eurazos en el cine que comprar unas palomitas para ver durante la proyección. Pero, ¿por qué palomitas y no, por ejemplo, zanahorias? La razón la encontramos en la Historia:

La primera proyección cinematográfica, de los hermanos Lumière (imagen), tuvo lugar en Lyon en 1895. Pronto, la técnica se extendió a Gran Bretaña y, desde allí, a EEUU, hasta que en 1927 nació el cine sonoro y, con él, el doblaje de la mano de Paramount Pictures. Por tanto, la época de esplendor del cine podría situarse en torno a esta década. ¿Y qué sucedía en EEUU por aquel entonces? Que el American way of life comenzaba a venirse abajo después de que los norteamericanos hubieran estado 'viviendo por encima de sus posibilidades', lo que trajo consigo una de las mayores crisis de toda la Historia: la Gran Depresión.

Tal y como estaban las cosas, el cine se convirtió en el único medio de entretenimiento y evasión asequible para los bolsillos de los miles de parados. Y, por avatares del destino, el chicagüense Charles Cretors había inventado a finales del siglo XIX la máquina comercial para fabricar palomitas de maíz, materia prima más que abundante en el continente, gracias a lo cual se pudo comercializar un producto baratísimo, sabroso y, en consecuencia, muy popular (si bien demasiado calórico, lo que ha motivado que el presidente de Sony Pictures propusiera una oferta de snacks sanos, como yogures o copas de frutas) . De esa forma, cuando llegó la hiperinflación, en vez de desaparecer la costumbre de consumir palomitas (que a su vez había sustituido al castizo y engorroso cucurucho de pipas), dado que su precio no había aumentado, sirvió de incentivo para que la gente siguiera yendo a los cines, aunque fuera sólo por llenarse un poco el estómago. Además, al ser un alimento salado, los vendedores tuvieron la gran idea de comenzar a vender también refrescos, obteniendo unos ingresos desmesurados.

Más tarde, en la década de los '50, Jim Vicary comenzó a experimentar con los famosos mensajes publicitarios subliminales en los cines de EEUU, con unos resultados espectaculares: un aumento del 18% del consumo de Coca-Cola y una demanda de palomitas en torno a un 57,5% superior. Aunque pronto esta clase de prácticas fueron tajantemente prohibidas –a pesar de que posteriormente el propio Vicary admitió el montaje–, la costumbre de tomar palomitas durante una película quedó tan arraigada que aún hoy en día es uno de los alimentos más consumidos incluso en proyecciones particulares (películas en casa, partidos de fútbol, etc.).


Por si os interesa, aparte de paloma y palomita (por su forma), este alimento también es conocido en español como momochtli (idioma náuhatl), popcorn (en inglés, maíz que salta)/porcor/poscon, pochoclo (pop + choclo), pururú/pororó (en guaraní, explotar), poporocho/poporopo, pipoca, flor (por su forma), rosa/roseta/rosita (por su forma), rosca/rosquita, cabrita, crispeta/crispete, cotufa (del inglés corn to fry = maíz para freír), canguil, cancha/canchita, cocaleca, ancua, millo, gallito, tostón y pajareta (por su forma).


FUENTES: WIKIPEDIA, MUY INTERESANTE DIGITAL
21 ene. 2012 | Por: Nacho

Testigo

Ya basta de hablar de gastronomía y volvamos a lo mío: el Derecho. Y hoy con una palabra bien interesante cuyo origen no recordé hasta hoy. ¿Sabéis de dónde viene la palabra testigo? ¡Ahora lo descubriréis!

Como siempre, el primer paso para encontrar la etimología de una palabra es acudir al omnipresente DRAE, que nos relaciona testigo con testiguar, del latín testificare (testis facere = hacer testigo). Esta raíz, testis, a su vez procedería, según unos, de testa (cabeza), de tal modo que el testigo sería quien da la cara, quizá a riesgo de perder su cabeza; además, testa también designa a un tipo de vaso para beber vino, lo cual enlaza magníficamente la labor del testigo sincero con el famoso proverbio latino "In vino veritas" ("En el vino está la verdad") de Plinio 'el Viejo'. Según otros, provendría de tristis (tri sti = estar tercero), traducible del indoeuropeo como "tercero que se mantiene al margen", hipótesis bastante atrevida que algunos han llevado incluso más lejos al relacionarla con la palabra triste – por la congoja que puede causar o transmitir la situación al testigo – o la inglesa tree (árbol), ya que ese tercero se quedaría al margen del conflicto como si se tratara de un árbol (absurdo).

Por otro lado, es muy popular la teoría que defiende una supuesta evolución fonética de testigo desde el latín testiculus (testículo), ya que en la Antigua Roma existía la costumbre de que, al realizar un juramento ante iguales o superiores (nunca ante inferiores, al igual que con los saludos), en vez de usar una Biblia o Constitución, en aquel entonces inexistentes (e irrelevantes), los hombres se apretaran sus partes, como diciendo "Juro por éstos que digo la verdad" (y, quizá, si se descubría un falso testimonio, éstos desaparecieran...), lo cual, sea dicho, recuerda a aquello ya comentado en este blog de 'por huevos'. También es curioso cómo hay quienes opinan que, realmente, ya que testiculus sería el diminituvo de testis (lo mismo ocurre con palabras como caniculus [perrito] > canijo, homunculus [hombrecillo] > homúnculo o Calígula [botitas]), podría venir a significar algo así como testiguitos (pequeños testigos), cabecitas o vasitos (recordad los múltiples significados de testis).

De igual modo, la relación testigo-testículo remite a la costumbre eclesiástica, jamás confirmada por la Iglesia, de comprobar la virilidad de los futuros papas o papables palpándoles sus intimidades (de hecho, el eminente Corominas opinaba que testiculus significaría testigo de la virilidad, y, efectivamente, aún hay mucho machito que se reafirma apretándose la entrepierna). Supuestamente, el cardenal candidato a papa (Pedro Apóstol Pontífice Augusto) había de sentarse en una silla agujereada, de modo que el cardenal más joven del cónclave –según otras versiones, todos los cardenales– pudiese realizar la comprobación y confirmar que todo estaba en orden con la escatológica fórmula "Duos habet et bene pendebant" ("Tiene dos y cuelgan bien"), evitando así que la leyenda de la papisa –que no Mama, como dicen algunos– Juana (imagen) se hiciera realidad. Y, llegados aquí, soy incapaz de ahorrarme una anécdota: se dice que la susodicha tuvo un hijo frente a la Iglesia de San Clemente, lo cual le valió una horrible muerte por parte de las autoridades romanas. La impostora no fue incluida en el listado de sumos pontífices (o, mejor dicho, fue sustituida por su 'tocayo' Juan VIII) y, tras su muerte, se declaró un ayuno de cuatro días (ayuno de la papisa) y se escribió junto a su tumba la siguiente aliteración (que suena a trabalenguas): "Petre, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum" ("Pedro, padre de padres, propició el parto de la papisa"). Por ese motivo, según cuentan, las procesiones siempre han rehuido dicho lugar (evasión que sí está constatada), ya que los papas lo detestan* (dei testi, es decir, poner a los dioses de testigos de un exabrupto, acepción aún recogida en el DRAE).

*Lo admito: me ha costado meterlo.


FUENTES COMPLEMENTARIAS: ELCASTELLANO.ORG, PATYP SCRIPTORIUM
13 ene. 2012 | Por: Nacho

Chips

Siento decepcionaros, pero ésta no será una entrada sobre tecnología, sino sobre patatas. Efectivamente, hasta las populares patatas chips (o, como las llaman los ingleses, crisps) tienen su historia detrás y yo la acabo de descubrir:

Al parecer, a mediados del siglo XIX, el chef del restaurante Moon Lake Lodge's de Nueva York, George Crum, recibía constantes quejas por lo excesivamente gruesas que cortaba las patatas a la francesa, esto es, en rodajas (aunque la técnica de cortar en juliana también procede de la capital gastronómica mundial, París). Harto de críticas, Crum decidió vengarse de sus clientes cortando (en jerga culinaria anglosajona, el verbo es to chip) las patatas en finísimas rodajas para que resultaran incomestibles, pero resultó que la innovación fue acogida con sumo gusto, llegando a obtener fama mundial.


Ensaladilla rusa

Ni es una ensalada ni es rusa. Al menos, así es de primeras. Y entonces, ¿por qué ese nombre? Ahora mismo os lo explicaré:

De hecho, fue un cocinero italiano o, más probablemente, francés (las fuentes no son muy claras al respecto) el inventor de la receta. Lucien Olivier, chef del prestigioso restaurante Hermitage en Moscú (de ahí lo ruso del plato), solía cocinar para el zar a mediados del siglo XIX e ideó un suculento plato cuya receta original jamás llegaría a revelar, pero sin duda compuesta por costosos manjares (como caviar, trufas y venado) tan variados que ensalada rusa todavía puede hacer referencia a una mezcla de colores poco armónicos. La ensalada Olivier (pues tal nombre recibía y aún recibe en algunas zonas) tuvo tanto éxito que pronto los aristócratas de toda Europa comenzaron a exigirla en sus propios países, si bien cada uno introdujo sus innovaciones en función de los productos típicos del país. Así fue como la receta llegó a España, donde hoy en día es prácticamente parte de nuestro patrimonio gastronómico nacional; irónicamente, la variedad española es la más popular incluso en la propia Rusia, donde se la conoce con el nombre de ¡ensalada americana!

Pero no son éstos los únicos nombres que ha recibido el plato. Sin ir más lejos, durante la época franquista, resultaba inadmisible que una comida tan popular recibiera el calificativo de rusa, por lo que, dependiendo del lugar, los menús incluían ensaladilla (a secas), ensaladilla imperial (aprovechando la indeterminación de si se refería al Imperio ruso o al español) o incluso ensaladilla nacional.


FUENTE: APOLOYBACO

FUENTE COMPLEMENTARIA: CAFÉBABEL
12 ene. 2012 | Por: Nacho

Haiga

Con la proliferación del famoso lenguaje hoygan (así llamado como burla a la presentación de muchas preguntas absurdas y mal redactadas en Yahoo! Answers), por desgracia para mí, cada día se habla peor. Son ya míticas en la Red, por ejemplo, las confusiones entre a ver y haber o ay, hay y ahí ("Ahí hay un niño que dice '¡ay!'") y expresiones terribles como gracias de antebrazo, habitualmente usadas, por suerte, para parodiar a los propios hoygan. No obstante, expresarse mal es parte de la cultura española desde hace siglos, tal y como demuestra la existencia de la palabra haiga:


Cuando los emigrantes españoles volvieron el siglo pasado a la Península, muchos de ellos se habían hecho de oro en el Nuevo Continente y regresaban convertidos en adinerados indianos que contribuyeron notablemente al desarrollo del país. Además de traer consigo parte de la tradición iberoamericana, reflejada hoy en día en las mansiones coloniales del norte, típicamente americanas, y en la presencia de palmeras, planta impropia del clima mediterráneo, esta gente sería históricamente recordada por su afán pretencioso; en concreto, aparte de los mencionados palacetes norteños, los indianos solían comprar opulentos coches para presumir. Sin embargo, al igual que el hábito no hace al monje, los indianos seguían siendo, muy a su pesar, catetos de pueblo, por lo que se dice que se presentaban en los concesionarios exigiendo "el coche más grande/caro que haiga", razón por la cual dichos coches serían conocidos de ahí en adelante en tono humorístico con ese nombre.

Y, ya de paso, os recuerdo –sobre todo a mi madre, que siempre comete esta clase de faltas– que la forma correcta de conjugar el verbo haber es haya, palabra que no debe confundirse con sus homónimos aya (niñera), halla (de hallar) o allá (allí).

¡Gracias, Picola!

Más chulo que un ocho

Aunque hoy en día esta expresión ya ha pasado bastante de moda, aún podemos decirla sin que la gente nos mire raro. Y lo único mejor que su evidente sonoridad es su origen, que se remonta al Madrid castizo de comienzos del siglo XX:

Según la mayoría, este dicho se popularizó a causa del antiguo tranvía número 8 de Madrid, que cubría la distancia que separa la Puerta del Sol de San Antonio de la Florida, en la ribera del Manzanares, frente a cuya ermita se celebraban las famosas verbenas madrileñas, a las que acudían todos los chulos de la ciudad con su característica vestimenta de chulapos.

Sin embargo, me ha parecido muy interesante una curiosa teoría alternativa que sostiene que el dicho completo sería "Es más chulo que un ocho, que de pie vale por ocho y tumbado es infinito". Aunque la primera teoría parece mucho más adecuada, lo cierto es que ésta también tiene su gracia, ¿no?


FUENTE: EMI CANTERO

FUENTE COMPLEMENTARIA: 1DE3.ES
11 ene. 2012 | Por: Nacho

Costar un ojo de la cara

En español, cuando algo nos ha salido especialmente caro, decimos que nos ha costado un huevo, un riñón... o un ojo de la cara. Y, a pesar de que de primeras podría parecer que la expresión simplemente hace referencia al valor de un ojo, tiene un origen histórico:

Durante una expedición en auxilio del conquistador Francisco Pizarro, el ya de por sí poco atractivo Diego de Almagro recibió un flechazo de un indígena inca que le dejó tuerto. Cuando se presentó de vuelta ante el emperador Carlos I, tan repetidamente se quejó de que el negocio le había costado un ojo de la cara que los soldados comenzaron a usar la expresión para referirse a cualquier tarea peligrosa o compleja, y de ahí hasta nuestros días.


Trabajo


Ayer estuve en Galileo Galilei viendo dos grabaciones de Ilustres ignorantes, un programa presentado por Javier Coronas en el que un grupo de personalidades conocidas comentan en tono cómico algún tema de trascendencia casi metafísica. Especialmente interesante fue la conversación en torno al trabajo, que me proporcionó tres joyitas etimológicas que a continuación explicaré con algunas aportaciones adicionales:

Trabajo: Palabra procedente del latín tripalium, antigua tortuta romana consistente en atar al condenado a tres palos para azotarle o, en su caso, empalarle y/o quemarle. De la misma raíz proviene, entre otras, la palabra francesa travail con el mismo sentido, de la que derivan dos palabras inglesas: travel (viajar, por la fatiga asociada a los viajes largos) y travail (parto, que, casualmente, también puede decirse labor en el mismo idioma, palabra que significa esfuerzo en latín).

Esta relación entre el trabajo y el dolor, perfectamente encuadrada dentro de la tradición judeocristiana, que ve el trabajo (y el parto, no lo olvidemos) como un castigo divino debido al pecado original de Adán y Eva, puede encontrarse en más lenguas, como el euskera, en el que la palabra para los trabajadores rurales, nekazariak, podría proceder de nekezalek (literalmente, aficionado al dolor); de igual modo, tanto en castellano como en euskera, la palabra faena (en euskera, lan) puede utilizarse para referirse al trabajo, al igual que pega en Chile. De hecho, el DRAE aún considera, en su novena acepción, que trabajo es sinónimo de penalidad; de ahí que una labor ardua se realice trabajosamente.

También se ha especulado que la palabra podría proceder del latín trabs (traba) o del griego thilbo (oprimir, afligir); en cualquier caso, la connotación sería, como se puede apreciar, bastante similar. Aún más imaginativo fue el autor francés Yves Cortez al asegurar, basándose en la teoría lingüística de la radicación, que el término vendría a definir la labor realizada por los no nobles, esto es, los siervos, si bien semejante hipótesis roza lo absurdo en su fundamento.


Salario: Después de sufrir las penurias del trabajo, uno esperaría obtener algo a cambio. En concreto, hoy en día se cobra un salario más o menos acorde a la labor desempeñada. Y la razón de que la paga reciba este nombre, como muchos ya saben, es porque a los vigilantes de la Vía Salaria (camino por el que pasaban los cargamentos de sal, de valor equivalente al oro en época romana) se les pagaba con este valioso bien. Dichos vigilantes, por cierto, eran siempre soldados o, en otras palabras, gente que recibía un sueldo (del latín solidus, unidad monetaria equivalente a 12 dineros o denarios).


Huelga: ¿Y si tenemos problemas con el salario? Pues acudiríamos al sindicato (del latín syndicus, es decir, justicia) para convocar una huelga, que no es sino un reposo o descanso tras trabajar. En este caso, la raíz léxica sería el verbo holgar, derivado del latín follicare (resoplar, jadear, lo que precisamente se hace después de currar), término del que también derivan, muy significamente, las palabras fuelle y follar.



FUENTES COMPLEMENTARIAS: WIKIPEDIA (ES, EN), EL TRABAJO