26 ene. 2011 | Por: Nacho

Poner los cuernos

¡Qué fea es la infidelidad! No existe forma más burda de demostrar el poco apego que tienes hacia tu pareja. No obstante, la expresión en sí es curiosa, así que una vez más me he embarcado en la investigación etimológica de la misma:

Tal y como indican mis fuentes (muy recomendable la primera, por cierto), es indudable que los cuernos tienen gran carga de simbolismo religioso. En la mitología griega, Hermes, mensajero de los dioses, sedujo a Penélope, la mujer de Ulises, bajo la forma de un cabrón; de esta relación nacería el sátiro Pan (imagen), conocido por su lujuria y sus dotes musicales (como todo sátiro), por  lo que a veces se le ha asociado a la figura misma del demonio católico (al que se le añaden características de otros personajes de la mitología griega, como el tridente de Poseidón o las cualidades de Hades). De igual forma, Pasifae, esposa del rey Minos, mantuvo relaciones con el Toro de Creta, resultando de éstas la concepción del Minotauro de Creta. En ambos casos, de una infidelidad nació un vástago con cuernos, los mismos que tenía el adúltero como símbolo quizá de virilidad, poder y potencia sexual, cualidades que se pondrían en entredicho en el hombre irónica y ridículamente cornudo (o, dicho de otro modo, en el cabrón, tal y como explica el Yayo en su blog). De hecho, la tradición de poner adornos humillantes en la cabeza como castigo es bien conocida, desde las famosas orejas de burro (como las que tuvo, por cierto, el vanidoso y codicioso rey Midas por preferir la flauta de Pan a la lira apolínea) hasta el capirote de papel, por lo que no es de extrañar que en la Francia dieciochesca se usara la expresión "faire porter le bouquet à son mari" con este sentido, al igual que en China parece ser que se dice "poner el sombrero verde".

En época medieval, se ofendía el honor de un hombre casado arrojando huesos o cuernos en la puerta de su casa para pregonar que en ella había entrado el pecado (la infidelidad). Además, durante los siglos XVI y XVII, no era inhabitual ver pasearse en asnos a los maridos consentidores con cuernos (o incluso plumas, en referencia al cuco, cuyas hembras depositan los huevos en nidos ajenos) y sonajas, azotados obligatoriamente por sus mujeres, a su vez latigueadas por los verdugos.

Pero si una teoría es de mi agrado, es ésta: presumiblemente, los antiguos gobernadores de los países nórdicos iban y venían de comarca en comarca acostándose con cuantas mujeres se les antojaban. Y ese pobre marido, que llegaría a casa tras trabajar o tras una dura batalla, se sentía enormemente enorgullecido de encontrar el casco astado (aunque últimamente se pone en duda que los cascos de los vikingos tuvieran cuernos) del gobernador en la puerta de su casa y hasta presumía de ello como Anfitrión –, aunque hoy en día esta sorpresa es más bien poco agradable y para nada honrosa.

¡Gracias, Miguel!

FUENTES COMPLEMENTARIAS: BLOGOLENGUA, TUS PREGUNTAS

1 opiniones:

Morramba dijo...

De nada Nachete ^^

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