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21 ene 2013 | Por: Nacho

Traer por la calle de la amargura

Ésta es una expresión idiomática aún bastante oída –al menos en mi entorno– cuyo origen se ha querido relacionar con el paso de los penitentes en Semana Santa en recuerdo del via crucis o 'vía dolorosa' de Cristo hacia la cruz. Por ello, es posible encontrar calles de la Amargura en numerosas ciudades hispanas, Madrid incluido; sin embargo, por aquí la historia varía, y es de esas versiones castizas del nombre de las que quiero hablaros hoy:

Aunque en la actualidad esta calle se localiza cerca del Paseo de Extremadura, originalmente era una de las nueve calles que desembocan en la Plaza Mayor (en concreto, la calle 7 de Julio, así llamada en recuerdo de los héroes constitucionalistas que se enfrentaron en 1822 a las tropas absolutistas del rey Fernando VII). Así, hasta mediados del siglo XIX, la calle de la Amargura era conocida con tal nombre debido a que suponía el paso de los condenados a muerte desde la cárcel –en la Plaza de la Villa– a la Plaza Mayor, donde eran ajusticiados, si bien también se ha relacionado con la amarga despedida familiar de los combatientes contra los ejércitos árabes en tiempos de Alfonso XI.

Una última teoría hace referencia al estado primigenio de la Plaza, anteriormente ocupada por la laguna de Luján (no es el único caso similar en Madrid; basta citar como ejemplo el centro comercial de La Vaguada, que solía ser una auténtica ciénaga antes de construirse), donde al parecer solían crecer abundantes hierbas de sabor amargo.


FUENTE: SECRETOS DE MADRID

FUENTES COMPLEMENTARIAS: VESTIGIOS DE MADRID, 1DE3.ES
17 may 2012 | Por: Nacho

Rastro de Madrid

Prácticamente todos los españoles saben (o deberían saber) que el Rastro es un emblemático mercado al aire libre situado en la capital. Tal es su relevancia que no falta en ninguna guía de viajes e incluso se contempla entre las acepciones académicas de la palabra rastro. La cuestión es: ¿viene el nombre del Rastro de la palabra o es al revés?

En el Madrid de finales del siglo XVI, las principales vías y plazas de la capital se llenaron de mercados públicos o baratillos donde los ropavejeros vendían prendas de segunda mano. Debido a los excesivos aglutinamientos en lugares céntricos como la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, se decretó explícitamente la prohibición general de "vender cosa suya ni ajena, nueva ni vieja, grande ni pequeña, de día y de noche, en ninguna plaza ni calle" bajo pena de cárcel en caso de incumplimiento. A consecuencia de esto, los barateros y buhoneros (voz onomatopéyica relacionada con bufón) se alejaron del área metropolitana hasta asentarse definitivamente en el barrio de Lavapiés, que por aquel entonces era el más populoso e industrial.

En concreto, el Rastro se situó en una zona de mataderos y curtidurías, en la llamada calle de Tenerías (actual Ribera de Curtidores); de hecho, actualmente toda la zona aledaña cuenta con nombres que recuerdan este origen: calle del Carnero, Cabestreros... Estas industrias aprovechaban el agua de los numerosos arroyos que fluían cuesta abajo hacia el río Manzanares para librarse de los productos químicos que utilizaban y, especialmente, de la sangre de las reses sacrificadas. De igual modo, al arrastrar las reses desde los mataderos hasta las tenerías quedaba un rastro sanguinolento que solía discurrir por las empinadas cuestas del mercado, como explicaron Cervantes y Covarrubias en sus respectivas obras, de modo que la palabra quedó como nombre de dicho baratillo y también como sinónimo de los mataderos y los mercados de venta de carne al por mayor (y de los mercados en general).

Sin negar lo anterior, autores como Mesonero Romanos, Hilario Peñasco y Carlos Cambronero añadieron que el término rastro también designaba a las afueras de la ciudad, donde terminaba la jurisdicción de los alcaldes de la corte (o alcaldes del rastro, como recoge aún el DRAE) y, por tanto, se perdía el rastro de los criminales, pícaros y truhanes.

¡Gracias, Clara!

19 feb 2012 | Por: Nacho

Gilipollas

Éste es un chascarrillo habitual que, sin embargo, no demasiada gente conoce, razón por la cual hoy lo publico aquí. ¿Qué diablos significa el insulto gilipollas y por qué habría de resultarnos ofensivo? Os propongo descubrirlo ahora mismo:

Para variar, la chulesca palabra nos remonta al Madrid del siglo XVII, cuando el duque de Osuna celebraba sus famosos bailes de alta sociedad para ofertar a las jovencitas de buena cuna. Aunque no lo creáis, estas señoritas eran conocidas como pollas –al igual que un inglés habla de chicks (polluelas) o un francés llama cariñosamente a su amada cocotte (gallina)–, acepción todavía encontrable en el DRAE para los más escépticos. Se dice que el por aquel entonces alcalde madrileño, D. Gil Imón (que tiene su calle propia en Madrid, ojo), era un personaje bastante conocido, entre otras cosas, por presentarse siempre en las citadas fiestas con sus hijas, que al parecer eran más bien feas, desaboridas y poco inteligentes. Un par de joyitas, vaya.

Mientras el señor alcalde se encargaba de atender a los compromisos derivados de su cargo, sus pollitas se sentaban en cualquier rincón a la espera de algún pollo que se interesase por ellas, lo cual nunca sucedía. Tantas veces se repitió esta escena que al final los madrileños acabarían asociándola a la tontería y la mentecatez y, de ese modo, todos los estúpidos, ingenuos y cortos de miras empezaron a ser denominados Gil-y-pollas, lo cual daría el insulto que conocemos hoy en día.

No obstante, el DRAE nos advierte de que gilí proviene del caló para inocente, y de ahí gilipollas, gilipuertas, gilimemo y demás, por lo que no sé yo si dar mucho crédito a la historia de D. Gil y sus pollas.
12 ene 2012 | Por: Nacho

Más chulo que un ocho

Aunque hoy en día esta expresión ya ha pasado bastante de moda, aún podemos decirla sin que la gente nos mire raro. Y lo único mejor que su evidente sonoridad es su origen, que se remonta al Madrid castizo de comienzos del siglo XX:

Según la mayoría, este dicho se popularizó a causa del antiguo tranvía número 8 de Madrid, que cubría la distancia que separa la Puerta del Sol de San Antonio de la Florida, en la ribera del Manzanares, frente a cuya ermita se celebraban las famosas verbenas madrileñas, a las que acudían todos los chulos de la ciudad con su característica vestimenta de chulapos.

Sin embargo, me ha parecido muy interesante una curiosa teoría alternativa que sostiene que el dicho completo sería "Es más chulo que un ocho, que de pie vale por ocho y tumbado es infinito". Aunque la primera teoría parece mucho más adecuada, lo cierto es que ésta también tiene su gracia, ¿no?


FUENTE: EMI CANTERO

FUENTE COMPLEMENTARIA: 1DE3.ES